La producción pictórica mestiza destacó en el Perú colonial  y ha adquirido el valor de testimonio de una sociedad que vivió los cambios que produjo la conquista, pero que rescató y mantuvo, casi de manera subliminal  los valores profundos de su propia idiosincrasia. En este sentido, fue un elemento de apoyo a la labor conquistadora y adoctrinadora, así llegó el mensaje español a casi todos lados.

El arte llegado con los conquistadores no era propiamente español o castellano, sino más bien flamenco y sevillano. Los nativos tuvieron que aprender a asumir actitudes distintas y a este proceso el incorporar lo foráneo en el que nace una manifestación artística, siendo los temas religiosos los que dominaron por completo la pintura colonial. El retrato, desarrollado en el siglo XVI se dedicó sobre todo a representar autoridades políticas y religiosas.  Los pintores no trabajaban por libre inspiración, sino de acuerdo a las pautas, temas y tiempo que el comprador de la obra establecía.

Es a la segunda mitad de siglo XVII y del siglo XVIII a la que tradicionalmente se ha calificado como escuela cuzqueña de pintura. A principios del siglo XVII,  los lienzos evidencían  influencia manierista como la de la pintura mural en las iglesias, en la ciudad y el campo. Esto sirvió para la exteriorización del culto, de esta época es también el gusto ya extendido a lo largo del siglo de “brocatear” que es aplicar pintura dorada sobre los halos de la santidad, vestiduras y cortinajes con una especie de sello, lo cual lo hace que la purpurina, quede por encima del pigmento y no respete las pinceladas propias.

Con Basilio Santacruz Pumacallao la pintura cuzqueña alcanzó uno de sus puntos culminantes. Estuvo activo en el segundo tercio del siglo XVIII dejando obras en la merced, la catedral y huamanga. Usa el paisaje urbano de Cusco y su autorretrato. La fecunda pintura cuzqueña declina con el ocaso virreinal.