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Historias de un Coleccionista
Por Luis C. López Morton Zavala

El tercer heredero


El trabajo en una casa de subastas es muy interesante y divertido, además de que se aprende todos los días algo nuevo gracias a la cantidad de objetos y arte que se maneja. También es un negocio que te enseña a ser humilde; en una subasta se puede vender una pintura que rompe el precio de venta anterior y en otra no se vende el lote estrella. Otra cosa que también trae la subasta es un buen número de situaciones legales.Nunca imaginé que tendríamos que contratar o trabajar con abogados civilistas, penalistas. Todo, no por situaciones nuestras sino por cuestiones de herencias, divorcios, denuncias ante autoridades, en todos los casos somos un tercero pasivo que utilizan para arreglar conflictos de índole familiar o de cobranza, en muchos de ellos la pintura o la pieza a subastarse es disputada por algún integrante de la familia, por la o el ex o por una situación de negocios.

De esto hay muchas historias que a la larga pueden ser hasta divertidas y otras no tanto; por ejemplo, una vez tuve que ir a declarar a Santa Martha Acatitla referente a una pintura de la Virgen de Guadalupe que habían empeñado con nosotros y la persona que la empeñó, un extranjero que le hizo el favor a una amiga suya que era «dealer de arte» y a quien se le hizo fácil empeñarla mientras la «vendía».

Pero ahora, leyendo el libro de «The Eye» de Philippe Costamagna me encontré con una historia que se me hizo interesante compartir.Resulta que, en el año de 1981, en Estrasburgo, Francia, un taxista recibe una notificación de un notario y este se presenta en el día y la hora indicados. Al entrar a la oficina de la cita se encuentra con dos señoras arrogantes, vestidas sobriamente al estilo de la burguesía provincial esperando también al notario.

El padre de las señoras acababa de morir y en el testamento venía la mención de un tercer heredero, un hijo natural sobre el que nunca había hablado a nadie, obviamente era el taxista.

Quien sabe quién se llevó una sorpresa más grande, si las dos hermanas al saber de su nuevo “hermano” o el taxista al descubrir que iba a herederar una cantidad sustancial junto a dos señoras de la alta sociedad.Comenta quien narra la historia que las dos hermanas no estaban consternadas con el prospecto de dividir la herencia, su padre había acumulado una pequeña colección de pinturas de viejos maestros, especialmente franceses, que fue lo que le dejaron al taxista, pensando que no tenían ningún valor y que este no sabía ni qué recibía.

Lo que hizo el taxista después de recibir su parte –las pinturas de viejos maestros franceses– es una lección objetiva para cualquier novato; en lugar de llevarlas con un experto en pintura, envió las fotografías de su herencia al Musée des Beux-Arts de Estrasburgo.

Dentro del paquete de fotografías había una de un ángel que traía la firma de PERUGINO, el maestro de Raphael, la pintura realmente sin mucho atractivo. El curador del museo debería haber referido al taxista a un experto confiable, pero no supo realmente qué hacer con esa pintura extraña y como precaución mandó la fotografía a Michel Laclotte quien en ese momento era el jefe de curadores del Louvre.

A su vez Laclotte reenvío la fotografía a una joven curadora que trabajaba en su departamento y que había trabajado con él en una pequeña exhibición en el Palais de Tokyo que se llamó «Perugino y sus discípulos», seguramente Laclotte decidió esto para que, cuando viniera el dictamen, no tener que dar él la mala noticia de que no era del maestro.

Pero, resulta que la joven curadora estaba embarazada y el día que le tocaba irse por su maternidad envío la fotografía del ángel del taxista a Sylvie Béguin, pidiendo que le escribiera al taxista que no había tenido tiempo de comunicarle sus impresiones. La fotografía se quedó en una de las pilas de fotografías en el escritorio de Sylvie y ahí estuvo olvidada hasta que recibió una llamada de Cecil Gould, quien acababa de identificar la Madonna de Chantilly. Este le recordó a Sylvie que dos de los cinco fragmentos del Altar de San Nicólas de Tolentino que aparecían en el inventario de San Luigi dei Francesi todavía no aparecían y le comentó que deberían buscarlos en alguna de las colecciones francesas. Así mismo, le explicó que el ángel debería ser fácilmente reconocible por la posición curiosa en la que fue pintado, además de la mirada que ve al cielo.De acuerdo a Costamagna, Sylvie inmediatamente le dijo a Gould que ya había encontrado el ángel. Comenta que lo primero que hizo fue ir a la oficina de Laclotte y mostrarle la fotografía que había enviado el taxista.La historia acaba con Sylvie y Laclotte yendo a Estrasburgo y contactar al taxista que les entregó la pintura envuelta en papel periódico para llevarla a París para hacer los estudios pertinentes y tras los que se determinó que la firma de PERUGINO era falsa y se encontró que las grutas en el fondo de la pintura coinciden con los colores y la forma de pintar de RAPHAEL.

El Louvre compró la pintura en una cantidad no exorbitante, pero muy en el precio de una obra de RAPHAEL joven, suficiente para que el taxista comprara unos departamentos en Estrasburgo. Las hermanas, al enterarse, no tuvieron el valor de pelear la herencia con su medio hermano después de haberle dado el peor de los lotes de la herencia. Historias del mercado del arte y las antigüedades.Este mes es el mes del testamento y es una buena oportunidad para hacer un inventario de lo que se tiene y revisar lo que requiera la opinión de un experto.
Mi_morton

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